Por: Lesly Muñiz
Antes de que el sol terminara de calentar el asfalto del Centro Histórico de Aguascalientes, ya había cartulinas, tambores y voces alzándose frente a la Fiscalía General del Estado. El 8 de marzo de 2026, la ciudad volvió a ser tomada por la convicción de miles de mujeres, niñas, niños y aliados.

Madres con sus hijas sobre los hombros. Maestras con mensajes que retaban incluso a sus propias aulas. Jóvenes con testimonios que por años permanecieron en silencio. Abuelas con pañuelos morados. Mascotas que, sin saberlo, también marcharon. La columna se fue armando poco a poco hasta convertirse en una suma de historias distintas unidas por la misma urgencia.

La movilización arrancó alrededor de las 15:00 horas sobre la avenida Héroe de Nacozari, frente a la Fiscalía, y avanzó hacia el centro de la ciudad. Aproximadamente 3,600 personas participaron en el recorrido, acompañadas por cuerpos de policía y paramédicos mujeres, bajo la mirada de locatarios y transeúntes que observaban desde las calles aledañas. La marcha concluyó cerca de las 19:00 horas en la Exedra.

Fue al llegar al Palacio de Gobierno cuando la protesta tomó mayor fuerza. Las consignas feministas se multiplicaron. Se instalaron tendederos de denuncias. Se colocaron carteles con las fotografías de niñas y mujeres víctimas de violencia. Se compartieron historias personales frente a desconocidas que, por un instante, dejaron de serlo. Se quemaron carteles y se alzaron banderas, entre ellas la Bandera Revolucionaria Mexicana Feminista y la bandera del Estado de Palestina.

Cuatro horas bastaron para recordar que la calle sigue siendo el lugar donde la indignación se convierte en exigencia colectiva.
